Ignacio: Ordenador
Aquella vez llegó con ganas de ultimátum.
¡Que yo no me vengo a vivir aquí, que esto parece una pocilga! Y no me vengas con que no sabes, que ya me he dado cuenta de que es un truco.
"-Hala, te pones ahora mismo a ordenar la casa, y mañana cuando venga, quiero ver resultados. ¿Está claro, pedazo de, de, de...? mira, mejor me callo y no te digo lo que pienso, que luego acabas escribiendo un cuento para hacerme burla. ¡Que te pongas a ordenar!, ¿eh? ¡Lo digo en serio!
Y se fue dando un portazo. Me pregunté si esta vez iba en serio, o si era otro de sus faroles: un montón de veces me ha amenazado con consecuencias apocalípticas si no daba un nuevo rumbo a mi vida, a mi casa y a mis calcetines sucios, no he hecho ni puto caso y al final no ha llegado la sangre al río: ella es así, tiene muy poca vergüenza. Pero en esta ocasión, algo despabiló mi sentido de la alarma, así que me levanté del sofá, me sacudí las migas de los cheetos de los pelos del pecho y me puse los calzoncillos, dispuesto a acometer tamaña tarea.
-Gatos, - dije - recoged los juguetes del suelo, limpiad vuestra arena y pasad el plumero para despejar de pelos el sofá.
-Ropa, - proseguí - sepárate en limpia y sucia; ropa sucia, sepárate en blanca y de color; ropa limpia, plánchate y guárdate.
-Cocina, - terminé - ordénate, friégate, despéjate, airéate y huele a limón.
Como era de esperar, no logré ningún resultado. Se lo tendría que explicar a ella al día siguiente. ¿De qué te sirve pasarte la tarde ordenando, si nada de lo que hay en la casa obedece tus órdenes?
¡Que yo no me vengo a vivir aquí, que esto parece una pocilga! Y no me vengas con que no sabes, que ya me he dado cuenta de que es un truco.
"-Hala, te pones ahora mismo a ordenar la casa, y mañana cuando venga, quiero ver resultados. ¿Está claro, pedazo de, de, de...? mira, mejor me callo y no te digo lo que pienso, que luego acabas escribiendo un cuento para hacerme burla. ¡Que te pongas a ordenar!, ¿eh? ¡Lo digo en serio!
Y se fue dando un portazo. Me pregunté si esta vez iba en serio, o si era otro de sus faroles: un montón de veces me ha amenazado con consecuencias apocalípticas si no daba un nuevo rumbo a mi vida, a mi casa y a mis calcetines sucios, no he hecho ni puto caso y al final no ha llegado la sangre al río: ella es así, tiene muy poca vergüenza. Pero en esta ocasión, algo despabiló mi sentido de la alarma, así que me levanté del sofá, me sacudí las migas de los cheetos de los pelos del pecho y me puse los calzoncillos, dispuesto a acometer tamaña tarea.
-Gatos, - dije - recoged los juguetes del suelo, limpiad vuestra arena y pasad el plumero para despejar de pelos el sofá.
-Ropa, - proseguí - sepárate en limpia y sucia; ropa sucia, sepárate en blanca y de color; ropa limpia, plánchate y guárdate.
-Cocina, - terminé - ordénate, friégate, despéjate, airéate y huele a limón.
Como era de esperar, no logré ningún resultado. Se lo tendría que explicar a ella al día siguiente. ¿De qué te sirve pasarte la tarde ordenando, si nada de lo que hay en la casa obedece tus órdenes?
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