Saturday, March 18, 2006

R. M.: De cuando me mataron dos veces


Yo luché codo a codo con Sandokán y morí dos veces. Sí, así fue. Morí dos veces en el mismo día. Mi memoria, después de tantos años me suele fallar en pequeños detalles, pero no falto a la verdad. Los detalles que se me olvidan son los nombres, entre otras pequeñas cosas. Siempre me ocurre, y hasta lo vivido me parece en ocasiones un sueño. Ruego, por ello, que no se me tengan en cuenta los errores de memoria.

Lo que voy a contar es la historia de cuando luché al lado de Sandokán. Yo ataqué junto a él un fuerte repleto de ingleses, que eran una tropa disciplinada y bien armada con fusiles. Yo era indio y llevaba una barba preciosa. También llevaba un turbante y una lanza. El resto de mis ropas no las recuerdo, pero creo que las ropas eran blancas, como si llevase colocado alrededor del cuerpo una sábana. Poco antes me había mirado en un espejo y no logré reconocerme pero me gustó mi aspecto. Me vi muy favorecido, con esa barba copiosa y tan moreno el rostro.

Nos encontrábamos desplegados en una pequeña llanura situada delante del fuerte. A la orden de ataque, nosotros, los indios, unos doscientos, arrancamos a correr y nos lanzamos con furia para derrotar a los ingleses, que muy elegantemente embutidos en sus uniformes (chaqueta roja y pantalón azul con rayas laterales de color rojo) nos disparaban sin cesar. Muchos caímos pero los demás avanzamos, y una mayoría hicimos lo que nos pareció apropiado: intentar destripar a los ingleses, situados en lo más alto del muro, con nuestras lanzas. Las lanzas eran nuestras únicas armas, y alcanzar con ellas a los ingleses, si es que podíamos conseguirlo, era lo único que podíamos hacer.

Al menos cien lanzas fueron tiradas con fuerza, y al menos cincuenta de ellas alcanzaron el muro del fuerte y quedaron clavadas en la pared, cimbreando durante largo rato. No recuerdo que ninguna lanza llegase hasta lo alto de las almenas que protegían a los malditos ingleses.

Ahí acabó el ataque. Por lo visto, no era nada normal, ni correcto, que las lanzas se quedasen clavadas en una pared de piedra. El ataque, por lo visto, había fracasado, y los que nos dirigían nos dijeron: ¡Alto, alto, que la lucha se ha acabado! Los indios, entonces, nos echamos todos a reír, al darnos cuenta de que las lanzas estaban clavadas en el muro, que aún cuando parecía de piedra, estaba construido con postes de madera, yeso y paja.

Más tarde repetimos el ataque, pero esta vez ya estaban las puertas abiertas. La verdad es que poco recuerdo de ello, excepto que yo, junto con mis doscientos compañeros indios, entré como un ciclón, gritando y aullando, mientras enarbolaba la nueva lanza que me habían entregado momentos antes. Al poco de entrar, advertí que un montón de ingleses, de pie delante de nosotros, nos disparaban directamente con sus fusiles para repeler nuestro ataque. Y hacían daño. De los cañones salía fuego, humo y tierra. Me dejé caer, me hice el muerto. Y estuve muy cómodo durante una media hora, o más, echado tranquilamente en el suelo y en una posición relajada, mientras los demás corrían y corrían y se partían el pecho en la lucha. Más tarde, me enteré de que mi hermano, indio como yo, había sido herido en la espalda cuando al ser repelido nuestro ataque se dio la vuelta y quiso huir. Después de eso no quiso seguir más de indio, le habían herido de verdad y se fue a casa. Curarse le costó bastantes días. Tenía la espalda llena de perdigonadas pero que eran, en realidad, tierra y arena incrustada, pues los soldados tenían la mala costumbre de apoyar el fusil en el suelo con el cañón hacia abajo, y eso hacía que se taponasen las salidas del cañón, y al dispararnos, la tierra salía despedida con mucha fuerza. Otro indio tuvo peor suerte, pues en la lucha le clavaron un cuchillo en un ojo y tuvieron que llevárselo en una camilla. Es posible que perdiera el ojo, pero en todo caso yo no lo vi por ningún sitio. En cuanto al cuchillo, lo limpiaron con un trapo y lo guardaron para otra ocasión.

Después de estar yo muerto un buen rato bajo el sol, medio adormilado y muy a gustito, nos dijeron a los muertos que nos levantásemos, que se tenía que iniciar un nuevo ataque. Aquello era así, moríamos y revivíamos como si nada. Salimos todos del fuerte y nos sentamos en el suelo a esperar. Recuerdo que después de un par de horas bajo el sol, alguien importante, que había estado un buen rato ojeando a los indios del campamento, se plantó delante de mi y me dijo: Tú, ven conmigo, que vas a hacer de sargento inglés. Vale, dije yo. Y le seguí. A menudo me escogían sin yo buscarlo para hacer cosillas distintas a mis compañeros. Tiene eso una explicación lógica. Yo mido uno ochenta, y en aquellos tiempos, mi altura sobrepasaba a la mayoría, por lo que me solían elegir para algo mejor que hacer de bulto, o de simple carne de cañón.

Creo recordar que me dejaron la misma barba, de lo que me alegré. Me sentía estupendo con esa barba, pero tuve que cambiar la sábana, y también la lanza, por un uniforme con galones de sargento y un revólver. Lo que me costó abrochar tantos botones y también las botas... un poco complicadillas de atar. Ahora, yo era un indio con uniforme y con un montón de botones abrochados, luchando a favor de los ingleses, es decir, un soldado regular. Como ya había probado lo de la lanza, que clavé con mucho tino y gusto en la empalizada del fuerte, me encantó empuñar un revólver y tener bajo mi mando a soldados rasos, indios como yo, que solamente portaban rifles. Me sentí importante, porque poder mandar y llevar un revólver era algo especial. Me dijeron que cuando entrasen los indios yo fuese valiente, y que al frente de mi pelotón de soldados, dando ejemplo, disparase contra los que entraban. Me dispuse a ello.

De nuevo la guerra. Me habían colocado en el porche de una pequeña casa, una vivienda pequeña de oficiales situada en el interior del fuerte, al frente de cuatro soldados. Me dijeron: colócate aquí, y a nuestra señal te pones a disparar el revólver. Mientras dispares, debes gritar fuerte a tus soldados que disparen sus fusiles. Grita fuerte: ¡disparad, disparad!

Por lo visto, los indígenas, es decir, los indios de la India, habían derribado las puertas y estaban entrando en el fuerte arrasando todo. Los ingleses, y los soldados indios que habíamos jurado fidelidad a Inglaterra moríamos a mansalva, y ya solo quedaba intentar defender la vida del modo que fuese. Yo morí como un héroe, cayendo de rodillas tal como me dijeron que debía hacer y disparando mi revolver contra los indios que entraban, hasta que el revólver se me desprendió de las manos, al mismo tiempo que la vida me abandonaba. Lo hice con perfección, siempre me ha gustado mucho morirme. Cuando la carga de mi revólver se acabó doblé mis rodillas, supuestamente al recibir un disparo del enemigo. Ya de rodillas, fui soltando el arma lentamente de mi mano y me dejé caer al suelo, también muy despacio, hasta morirme del todo. Allí permanecí hasta que la guerra se acabó. Qué gozada morir de ese modo.

En esos momentos en que morí, defendiendo mi posición con el revólver, la verdad es que nadie atacaba. Me habían dicho, a mi y a otros: ahora va a ser como si el ataque de antes fuese ahora, y vosotros, la tropa inglesa, os estuvieseis defendiendo. Y tú, sargento, a ver si sabes morir con gloria. Y eso hice yo. Morí con gloria y con mucho gusto. Lo que mola morir así, después de haber visto morir a los héroes en tantas pelis. Lo curioso es que me di cuenta de algo: resulta que morí dos veces. Sí, morí dos veces o me mataron dos veces, que para el caso es lo mismo. En la película se ve cómo atacan los indios y cómo entran en el fuerte, y yo soy uno de los que al entrar mueren en el ataque, como antes he explicado. Y.... cuando cambia el plano, se ve cómo un sargento indio, con uniforme inglés y al frente de unos soldados, intenta rechazar a los indios, disparando y muriendo también en el intento. ¡Y soy yo mismo! Yo me ataco, yo me rechazo y me muero matado por mi mismo, al mismo tiempo que también mato al que me mata, que resulta que también soy yo. Qué lío. ¡Hay que ver!

Claro que, a ver quién es el guapo que me reconoce... Ni yo, que he visto la peli tres veces, he logrado reconocerme en mis dos muertes. Todo ocurre tan deprisa y hay tanto barullo, que después de intentar verme por tres veces, ya he perdido la esperanza.

Luego, tuve que desprenderme de la barba. Una lástima, con lo bien que me quedaba. Me dijeron que lo había hecho de maravilla, que había quedado precioso ese primer plano del sargento indio muriendo con honor. Claro que fue una pena que no me pagaran más que a los otros extras por mi gloriosa actuación, pero me dijeron que para los próximos días, y antes de empezar el rodaje, les dijera que yo era el que había hecho de sargento indio y que me irían dando papelitos mejores que el de simple extra para hacer bulto.

Pues eso.

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